Podemos: la «indignación» salta a los medios

Javier Olano

Desde que la crisis económica comenzara en 2008, como quiebra del sistema financiero global, rescatada por los estados, las sociedades democráticas basadas en el estado de bienestar, particularmente en Europa, han visto amenazada su supervivencia ante «la ley de la selva» impuesta por el capitalismo más neoliberal. En este contexto, los ciudadanos han visto sus derechos sociales recortados en pos de entelequias, como los mercados. Se antepone la resignación, ante el miedo al conflicto social que puede provocar agentes aparentemente externos a la propia sociedad (¿qué son los mercados?, aunque cabe preguntarse mejor, ¿quiénes son?).

Este es el relato de la realidad que conocemos en una sociedad mediatizada, en la que como apunta Luhmann, los medios son nuestra ventana al mundo. Pero, ¿es esta la realidad? Como en el mito de la caverna, los medios constituyen el marco estable para una inseguridad general, mantienen a raya el terror, en una dosis aceptable, son como los mitos (Inneratity, 2006).

Teniendo en cuenta este contexto, cabe plantearse qué ha ocurrido en nuestro país en los últimos años en el terreno social y político. Qué relato se ha construido, cómo, por qué y quién. A diferencia de países en situación más o menos similar, es el caso de Grecia, donde la crisis supuso una oleada de protestas que se llevarían por delante a varios gobiernos, así como una polarización política en la que ideologías clásicas como el nacionalismo o el comunismo serían protagonistas, hasta el punto de llegar al poder. Sin embargo, en España el relato ha seguido los tiempos establecidos, y el miedo al conflicto parece haber imperado.

Si analizamos la evolución del sistema mediático español, clasificado dentro de un modelo de pluralismo polarizado (Hallin y Mancini, 2008), este ha sufrido cambios sustanciales, particularmente desde la llegada al poder del Partido Popular a finales de 2011, el mismo año que la indignación pacífica del 15M tuvo su hueco en los televisores de medio mundo. La retoma de control gubernamental de la radiotelevisión estatal, así como la autorización de compra de La Sexta por parte del Grupo Planeta, culminaban la creación de un sistema mediático completamente unipolar, en la que las posiciones de izquierda han dejado de estar representadas en el medio audiovisual y en la prensa de papel (González, J. J., 2014). Como apunta el profesor González, esto supone la reacomodación de las posiciones de izquierda en la ciberesfera, algo constatable, pero de dudable influencia por la propia naturaleza de este ecosistema mediático, o el colapso de la esfera pública.

Ante este escenario, surge una política mediatizada, creada por esta nueva configuración del sistema mediático y protagonizada por líderes de opinión, cercanos a la política pero alejados de la profesión parlamentaria, que ofrecerá una esfera pública basada en la confrontación, aparentemente atractiva para la sociedad civil, pero bajo una cuidada agenda. Así pues, mientras la principal preocupación de los españoles según las encuestas del CIS será el paro, temas minoritarios como los desahucios tomaran el relevo sobre otros más mayoritarios, de índole laboral, como la precariedad.

Del mismo modo, el papel de los políticos será reemplazado por tertulianos, normalmente periodistas, expertos o ciudadanos. El vox pópuli será uno de los principales reclamos. La voz del pueblo, siempre al servicio del interés editorial (se habla de desahucios, pero no de casas vacías de grandes bancos), y será el aliciente para que el ciudadano establezca un nexo con la política, «que los políticos no representan». Por otro lado, esta aparente desconexión, impuesta por la democracia de partidos, invisibilizara las opciones políticas con representación estatal minoritarias, como UPyD o IU, que serán las más críticas con las reformas. El sistema no quiere una Grecia. Indignación sí, pero controlada. La crisis tarde o temprano acabará.

En este contexto surge la figura de Pablo Iglesias, profesor de Ciencias Políticas, que aparece por primera vez en televisión (Intereconomía) como tertuliano para defender la manifestación de Rodea el Congreso, y poco a poco, se convertirá en un líder de opinión, representante de la infrarrepresentada indignación de la calle. De ahí, el salto a la política desde los medios, la creación de Podemos y un nuevo discurso, rechazando el papel tradicional de los partidos, ¿hacia una democracia de audiencias?

Podemos, en su escaso año de vida, ha logrado representar un espacio que el 15M abrió en los medios, el de la indignación, bajo un discurso alejado de las ideologías tradicionales (aunque con un contenido de izquierdas), que ha coqueteado en más de una ocasión con el nacionalismo para intentar lograr un apoyo transversal. Ha sido acusado de populismo, por posicionarse de una forma distinta en los temas de la agenda, por los que configuran. Ha sido acusado de no tener programa, por los que nunca tuvieron alguno. Quizá sea en estos puntos en los que la formación flaquee, ha nacido bajo el paraguas de la agenda mediática, pero, ¿cuál impone la ciudadanía?

Del mismo modo, la ciudadanía no se siente representado por los políticos, y aquí es donde subyace el gran dilema para el ciudadano ante la nueva formación, «si ellos no me representan, ¿por qué tú sí?¿por qué eres igual que yo o por qué sabes hacer las cosas mejor? En este escenario para configurarse como nueva élite (Manin, 1998), Podemos vemos que lo está dejando en manos de la meritocracia, así lo muestra la elección de candidatos como Manuela Carmena. La clave es preguntarse si la formación será capaz de trasmitir la idea de representatividad de los indignados, particularmente la gente más afectada por la crisis, la clase trabajadora. No cabe duda de que el voto obrero es potencial para la formación, por lo que un discurso alejado de la idea de la concienciación de clase, puede verse como un despotismo elitista. Cabe por ello plantearse, si bien como trasmite Podemos las clases no existen, aglutina un mayor número de apoyos transversales (de centro), o si el no poner en valor la enmacipación de la clase obrera, capaz de de representarse en la España del siglo XXI, puede constarle apoyos indignados.

Podemos no se define de izquierdas, pero parece una obviedad que un potencial de su voto está en el centro izquierda. A tenor de los resultados electorales en Andalucía, parece que Podemos, que había logrado canalizar en el espacio mediático la indignación, tiene un competidor, Ciudadanos. Podemos, lejos de su discurso, ha sido colocado en colocado en el espectro izquierda-derecha, y como decía el día de las elecciones el dirigente de IU, Gaspar Llamazares, estas elecciones han demostrado que lejos de la idea de que la indignación es transversal, parece que para el ciudadano hay una indignación de izquierdas (Podemos) y otra de derechas (Ciudadanos).

Referencias bibliográficas:

  • Mazzoleni, Gianpietro (2010), La comunicación política, Madrid, Alianza. Capítulo 1 (págs. 17-50).
  • González, J. J. (2014), “El papel de los medios en la crisis de la democracia: democracia de partidos y democracia de audiencia”. Madrid: UNED.
  • Hallin, D. y Mancini P. (2008), Sistemas mediáticos comparados. Barcelona: Hacer.
  • Inneranity, Daniel (2006), El nuevo espacio público.  Madrid: Espasa (cap. 3, pp. 79-93).
  • Manin, Bernard (1998), “Metamorfosis del gobierno representativo. Parlamentarismo, democracia de partidos, democracia de audiencia”, en Bernard Manin, Los principios del gobierno representativo. Madrid: Alianza.
  • Ortega, Félix (2011), La política mediatizada. Madrid: Alianza (Cap. V, pp. 139-166).

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